7 consejos antes de viajar como voluntario

Lo prometido es deuda; hoy toca resumir algunas de las cosas que aprendí viajando como voluntario. Si estás pensando en viajar con los pasajes y poco más, este post te va ser útil para llegar a destino sin perderse en el camino. O si se pierden que lo disfruten como una aventura, vamos, que si uno se pierde es para encontrarse.

1. Preparate para sufrir un poco. Empecemos contando la cruda realidad y si pasas esto ya tenes más del noventa por ciento de lo necesario. Un viaje de voluntario es muy distinto a un viaje de turista. El turismo se publicita con algo como “te vas a relajar y olvidar de tu vida ordinaria para ser feliz todo el tiempo” (o mientras dure tu dinero). De los voluntariados se escuchan cosas como una “experiencia de intercambio cultural“una convivencia con los nativos”.  Hay cierto grado de incertidumbre en eso de experiencia cultural ¿no cierto? De hecho las ofertas para ser voluntario no abundan. En mi opinión personal creo que es una buena alternativa al turismo que arma el viaje “a tu medida” con packs y city tours estandarizados. Como si viajar fuera ir al supermercado a comprar 4 horas de Coliseo y Vaticano, una selfie en Eiffel, dos brownies en Holanda y unas cervezas en Berlin. El voluntario es algo distinto, nadie te arma el mapa, sos vos el que decide la ruta. Es un poco más incómodo y no suele incluir lujos. Pero estamos los que gustan de aprender una cultura conviviendo con su gente. Caminando con ellos y ayudando en su trabajo, en lo que hacen para vivir día a día. En mi experiencia escuchar las historias de la gente local emociona más que un tour guiado. Es cierto que para esto se necesito tiempo, en general se aprecia que los voluntarios están bastante menos apurados que los turistas. Además que trabajan en el país. Y claro esta que no siempre son trabajos gratos. Por eso te repito, si queres ser voluntario te adelanto que al principio vas a sufrir un poco, no tanto por los trabajos sino porque vas a salir del área de confort del pack turístico.

2. Descubrí tus fortalezas. Necesitas saber exactamente en qué cosas sos mejor que el resto. Ya te dije en el punto anterior que necesitas estar preparado para sufrir e involucrarte con la cultura que elijas, esas ya son cualidades suficientemente importantes para aprender el resto de las cosas sobre la marcha. De igual manera para mejorar tus posibilidades de ser recibido necesitas crear un perfil convincente. No digas que no sobresalís en nada a la primera, pensá un poco más antes de tirar la toalla. Tampoco mientas, porque después vas a llegar al lugar y tenes que probar lo que dijiste. Pensalo como cuando armas tu C.V. En tu perfil incluí tus redes sociales, experiencias, estudios y hobbies. Todo esto transmite confianza y genera un vínculo más seguro. También te recomiendo que exijas a tu hospedador estos datos. En mi experiencia nadie se ofende porque le pidas algo más de información de contacto.

3. Elegí una página o algún medio para contactarte con las personas que aceptan voluntarios. Hay una serie de páginas que se encargan de recopilar las ofertas de trabajos voluntarios alrededor de todo el mundo. La que yo estoy usando ahora es http://www.workaway.info. En esta se puede encontrar trabajo en varios rubros y países. Hay otras más específicas, por ejemplo WWOOF es solo de voluntariados en granjas orgánicas. Te recomiendo que busques la que más te conviene y te afiances en ella.
En mi caso específico de Japón y Asia me alcanzó con crearme un perfil en Workaway para encontrar varias ofertas de voluntariados (aunque ahora Japón se ha convertido en uno de los difíciles para voluntarear). Otra cosa muy útil es activar en la cabeza el chip de que sos un voluntario y empezar a comunicarlo, es increíble la cantidad de personas que te ofrecen hospedaje y comida si vas con esa premisa.

4. Enviá muchas solicitudes para ser voluntario. Si sos nuevo tomate uno o dos meses para este lento trabajo de escribir y responder correos a las personas que te recibirán. En primer lugar porque tenes que investigarlos un poco, interesarte en lo que hacen y ver dónde podes ayudarlos antes de enviar las solicitudes. En segundo lugar porque la mayoría de los hospedadores trabajan y tienen otras prioridades por encima de leer propuestas de voluntariados (en general todas empiezan y terminan igual; se disruptivo y pensá creativamente para captar la atención). Cuando ya tengas varias personas interesadas en recibirte empezá a elegir entre las mejores opciones; fijate en que ambiente podrías aprender más, cuál locación te queda más cerca de los lugares que queres conocer, y considerá los transportes y el tiempo de tu estadía. Yo elegí desplazarme de Tokyo hacía el sur de la isla en estadías de tres semanas en granjas, templos y escuelas.

5. Investigá el país y la región a donde vas. Mientras más leas del lugar a donde vas mejor te va ir. Es ley. Usa los grupos de Facebook y los foros que arman viajeros o extranjeros que viven en el país, ellos te ofrecen información actualizada lo cual es indispensable para planificar correctamente. En especial averigua si las políticas del país aceptan voluntarios sin visa de trabajo. Por ejemplo en Japón ahora esta empezando a complicarse ser voluntario. Hasta hace muy poco nadie se preocupaba de los voluntarios y los dejaban ir y venir tranquilamente por todo el país. Pero hace unos meses que los voluntarios con visas de turista están en una franja incómoda, casi ilegal. Lo más probable es que pronto empiecen a exigir una visa de trabajo para ser voluntario.

La tecnología está de tu lado si la usas con ingenio; armá grupos, chequeá dos veces, llevá una agenda, escribí y sacá fotos pero también anda con la compu y el google maps con los mapas descargados. Y el resto de apps que te mantienen conectado y chupando información útil para el viajero.

6. Defendé tu carácter de voluntario y tené siempre un plan b a mano. Lamentablemente me he cruzado con demasiados voluntarios que no valoran lo suficiente la ayuda que están brindando. A veces esto promueve que los hospedadores se vuelvan más salvajes y sigan dando trabajo una vez terminadas las horas pactadas. Como regla general los trabajos no deben superar las 5 horas en el caso de los que ofrecen las tres comidas del día. Sin embargo hay veces que los voluntarios terminan con jornadas laborales completas, en Japón eso es muy habitual por la idiosincrasia adicta al trabajo. El lugar donde te alojes debe cumplir con todas las condiciones sanitarias necesarias. Creo que en gran medida estos avances de los “empleadores” se deben a que hay demasiado viajero conformista o mal planificado. Un viaje mal planificado no contempla la posibilidad siempre presente de que las cosas fallan. Tenes que asegurarte de ir con planes auxiliares por si tu idea principal se pincha. Los planes se crean para que puedas cumplir tu objetivo incluso cuando las circunstancias no estén de tu lado. Si un voluntariado no te cierra tenes que contar con la posibilidad de irte a otro lado.

7. Sé tu propio líder. Vas a necesitar confiar, en el otro y sobretodo en vos mismo. Mantenete ordenado, limpio y despierto. Ser voluntario tampoco es ser mendigo o ir rodando por las calles. De vos depende encontrar oportunidades donde otros vieron callejones sin salida. Para encontrarlas primero tenes que saber qué es lo que queres y podes hacer. Un líder se arma desde la realidad y para arriba. Empezá considerando que no le importas a nadie, salvo quizá a tu madre y a otros familiares cercanos, pero son solo unos pocos. Y desde ahí fijate cómo empujar tu situación hacía donde queres estar. Eso incluye dudar y ser inteligente por sobre todas las cosas. No creérsela de más. Pedir ayuda y perdón a discreción. Aprender todo el tiempo. Felicitarte y motivarte. Y otro montón de cosas que ya sabes, así que mejor no sigo escribiendo para no convertir esto en un horripilante manual de autoayuda.

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El otoño es de las tardes

En el otoño la belleza se concentra en las tardes. Cuando el sol se hunde al filo de las montañas, los pájaros emprenden el vuelo hacía sus nidos, los árboles desprenden sus hojas amarillas y rojas ante el rumor del viento. El sutil paisaje se contempla desde los bancos de los jardines, desde una ventana, desde el tren silencioso que cruza la ciudad.

En la tarde del día decimo segundo del mes doce me encontró en una calle de Osaka la melodía de una flauta. El instrumento servía a la imaginación de una mujer alta, decidida y feliz que hacía frenarse a los peatones más apurados del mundo. Nadie sabía como abandonar el lugar; mientras ella tocara y su sombrero de pluma dorada se moviera, los presentes permanecían paralizados y lejos. Muy lejos. En lugares donde habían estado pero  que el olvido les arrebata a diario.

Cuando la canción termina la mujer abre los ojos y se queda quieta como una tela bordada. Los oyentes tienen una sonrisa que no pueden disimular. Algunos se sienten avergonzados por donde han estado y salen corriendo como ladrones. Otros estan agradecidos y antes de partir dejan una moneda en el sombrero.

Tres pichones de gorrión y un jóven enamorado se quedaron hasta que la tarde se hizo noche.

La observación, la gran diferencia japonesa

Llegué a esta anécdota de casualidad ojeando la biblioteca de Song Lu, una amiga de China que trabaja en Japón. Casi todos sus libros eran sobre anime o artistas de caligrafía china. Pero en un estante pequeño había algunas excepciones. Entre estas encontré la famosa novela de Natsume Soseki, Kokoro, que significa corazón. En la introducción de esta edición se incluía una anécdota de cuando el autor era joven y estudiaba en Inglaterra. En ella queda a la intemperie una de las grandes pasiones japonesas; la observación.

“Cuando estaba en Inglaterra, una vez se rieron de mí porque invité a alguien a contemplar cómo caía la nieve.

En otra ocasión, describí a unos ingleses la profundidad con que a los japoneses nos afectaba contemplar la luna, pero mis oyentes se quedaron perplejos…

Una vez me invitaron a quedarme en una mansión de Escocia. Mientras paseaba con mi anfitrión por el jardín, observé la espesa capa de musgo que había en los senderos y comenté admirativamente cómo esos senderos habían adquirido una hermosa pátina del tiempo. Entonces mi anfitrión replicó que muy pronto iba a pedirle al jardinero que limpiara los senderos y arrancara todo ese musgo.”

Dormir en cualquier lado, deporte nacional de Japón

Dormir bajo las estrellas, en una capsula, en una escalera, en un mac donald, en un baño público, en los metros, en los buses, en el auto, en la bici, en el suelo de un callejón, en una lavandería o apoyado contra una columna.

Dormir de costado en el hombro de otro, con las piernas abiertas, cruzadas o cerradas, con las manos rezando o abrazando la mochila o las rodillas en pose de bicho bolita.

Dormir con ronquido fuerte y sonoro, en un templo, en un parque, debajo de un árbol, en un banco simple o uno doble. En el suelo desparramado como hippie somnoliento o acurrucado como un recién nacido.

Dormir en el trabajo a los cabezazos, sin querer dormir. O de un largo tirón sin importar nada alrededor.

Dormir apoyado contra un vidrio o una pared, sobre una mesa, entre cuadernos, lapices, papeles, celulares y teclados.

Dormir en silencio y con cuidado de no tocar al otro, con la cabeza rígida o hecha un resorte, con la boca cerrada y la lengua enrollada, o abierta de par en par y con saliva burbujeante.

Dormir de a muchos o en soledad, con zapatos puestos o descalzo, con almohada de plumas o las manos juntas, con barbijo y alarma o librado a la suerte.

Estas son solo algunas de las posibilidades que ofrece el paisaje público japonés. La tierra donde dormir en cualquier lado es tratado como un deporte nacional.

No me extrañaría si mañana un estudio de la universidad de Cambridge descubriera que la clásica historia de “La bella durmiente” tiene sus orígenes en la cultura de esta isla.

Interrupción en mi retiro zen

Esta historia comienza en el templo donde fui voluntario. Son las siete de la mañana y estoy hace cuarenta minutos meditando. Me encuentro lejos, en una capa subterránea de mi consciencia. Navego por un lago de calma cuando de repente un sonido familiar entra en mi consciencia y me despierta.

El sonido de un mate vaciándose.

Los argentinos y uruguayos saben de lo que hablo porque tomamos mate hasta hartarnos. Resulta que cuando quitamos la yerba húmeda del interior del mate lo más común es pegarle unos golpecitos suaves contra alguna piedra o darle unas palmadas en la base. Ese ritual de limpieza produce un sonido seco y hondo que yo creía que era inconfundible.

Cuando escuché ese sonido salgo disparado al patio del templo. Creo que ahí voy a encontrar a un argentino, a un uruguayo, en su defecto a un chileno o a un japonés que viajó a la región y se trajo un set matero. Pero nada de eso. La realidad es desgraciada y muestra que mi oído es fácil de engañar.

Se trata de la mujer del monje golpeando con su bastón una piedra.

El monje me mira sorprendido por como abandoné la meditación. Le explico lo ocurrido de la siguiente manera.

– Resulta que sentí el llamado de un amigo que hace tiempo no veía.
– Has llegado lejos en tu meditación querido José San.

En realidad ha sido una meditación fracasada, pero un japonés nunca va decir algo negativo. El objetivo de la meditación es encontrar la armonía. Para eso hay que vaciar el mate y mantenerse fluyendo en un estado vacío, donde no hay pensamientos o deseos.

Cortarse el pelo en Japón

Después de tres semanas en Japón ya estaba preparado desde lo psicológico para ir al peluquero. Sabía que no sería fácil darme a entender pero de igual manera intenté estudiar algunas palabras. Entre ellas mi favorita era “skoshi”, que significa poco.

Algunos me dijeron que llevara una foto del corte que quería. Pero por experiencia les digo que no intenten eso; nada le enoja más a un peluquero que copiar cortes. Y al menos yo no quiero a alguien enojado con tijeras y navajas cerca de mi cabeza.

Entré a la peluquería empuñando la palabra skoshi como mi mejor arma. Eran casi las diez de la mañana. Saludé al señor que estaba sentado y busqué al peluquero cerca de las sillas de corte pero no había nadie. Entonces me sorprendió de atrás una de las tantas frases que no entendería. Venía del señor sentando que yo había confundido con un cliente. Era el peluquero atacando por la espalda.

Estuvimos unos quince minutos hablando entre japonés, inglés y español. Resulta que el hombre viajo una vez a España y conoce unas diez palabras del idioma.

Sin importar todos lo equívocos, y como buena muestra de lo que es un peluquero de pura sangre, el señor me invitó con un gesto de brazo a sentarme en el trono. Me senté con curiosidad de ver cuánto nos habíamos entendido.

De inmediato el peluquero se activó.

Me puso una toalla caliente en la espalda, con otra húmeda me limpió la cara y el cuello. Después de este relajante comienzo y sin previo aviso empezó a pegarme sopapos sobre la cabeza. Ya tenía ganas de saltar de la silla cuando de repente se frenó en seco y buscó en un cajón cuatro diferentes tipos de tijeras y dos máquinas de pelar.

Me preguntó algo, le dije mi nombre, el asintió y me dijo el suyo. Me mostró las dos máquinas de pelar y me dijo una oración larga, de la que no entendí ni una palabra pero que me transmitió cierto susto. Mi único reflejo fue repetirle skoshi. Con la frente fruncida, gesto internacional de la duda desde los griegos en adelante, agarró la máquina chiquita.

Cuando la máquina hizo el primer contacto con mi cabeza me di cuenta de dos cosas.
La primera, que el peluquero, Masaki, un japones de cincuenta y siete años, a su modo entendió perfecto: quiere poco pelo.

La segunda, que ya era tarde para dar explicaciones; la mitad de mi hemisferio derecho había sido rapado.

 

PD: esta historia tiene una parte 2. Si consigue más de 25 comentarios les cuento cómo termino aquel corte de pelo (incluye foto después del corte)

El misterio del jardín de rocas

En Japón es común que las cosas más simples encierren significados complejos y excitantes. Tal es el caso del jardín de rocas de Ryoanji en Kyoto que desafía la razón con solo 15 piedras dispuestas en un rectángulo de 20 metros de largo por 10 de ancho.
Un guía me dijo que hay quienes no ven nada y se marchan decepcionados. Otros ven a un tigre cruzando un río, algunos descubren la cabeza de un dragón, un árbol creciendo.

Probablemente los avistamientos sean infinitos.

El jardín se aprecia desde una terraza de madera. Al caminar de un extremo a otro el observador puede contar las piedras y descubrir que son quince. Pero lo curioso es que no hay ningún punto del que sea posible verlas a todas.

Si consideramos que el templo fue construido para entrenar a los monjes podemos suponer que el jardín les recordaba una lección elemental; la totalidad es fragmentaria.
En lo personal la propuesta me fascinó por su simpleza. Estuve varias horas viendo el diseño desde distintas perspectivas. En todas ellas me generaba una sensación contradictoria de insatisfacción y armonía.